Descripción
De la neblinosa y gélida región de los Grandes Lagos os traigo una gran rareza de la que hoy existen sólo 1.200 copias en vinilo. Os hablo de un EP que pese al paso de las décadas no ha perdido ni un ápice de su fuerza y autenticidad. Es hora de recordar qué era eso del Speed Metal, en su manifestación más cruda y seminal.
El Metal siempre fue tan poderoso y virulento que desde sus comienzos generó en el planeta un curioso efecto mariposa, consistente en que cada vez que la MTV acicalaba y atrezaba a un grupo Glam para lanzarlo por vía catódica a las masas políticamente correctas, al otro lado del globo se erguía cual maldición vengativa un ciclón negro llamado Bathory (por ejemplo), perteneciente a esa oleada invisible pero letal que fue repartida por toda la Tierra, conformada por grupos con la firme determinación de no sólo no dejarse domesticar, sino también de causar terror al oyente con sus letras satánicas, sus riffs de motosierra y sus cinturones de balas. Si una fracción de la integridad y peligrosidad del Metal era dañada, su naturaleza reaccionaba con un mordisco desde cualquier lugar. Era como la hidra, que por cada cabeza que se le cortaba, le crecían dos.
Dentro de ese gran reducto, los que menos enfatizaron en esa parafernalia tan temeraria y extrema se limitaron a querer tocar más rápido que nadie, una señal de rebeldía que les aseguraría su orgullosa posición en el underground, enfangándose a conciencia en esa subcultura para procurar que ningún encorbatado se acercara a estrecharles la mano, evitando así firmar un contrato que los prostituyese, que los convirtiera en hilo musical para la muchedumbre bienpensante.
En ese mismo año 1984 en el que los citados Bathory lanzaban su debut homónimo y Hellhammer se autoinmolaba para resucitar bajo el nombre de Celtic Frost, empezaron a abrirse paso Razor, que desde su Canadá natal eligieron un sendero algo más amable que el de aquellos precursores del Metal Extremo, pero no carente de intrepidez ni de su propia dosis de salvajismo: el Speed Metal, una más de las fuertes corrientes subterráneas que bullían bajo esa reluciente punta del iceberg que mostraba la MTV.
Después de su primera demo, los canadienses lanzaron este EP autofinanciado, llamado Armed and Dangerous (“Armado y Peligroso”), de título tan directo y tentador como su misma portada, simplona pero atractiva, con su crudo y quemado contraste de blanco y negro que plasmaba a ese guitarrista que usa una cuchilla como púa. Afín también a las tiradas blanquinegras de los fanzines apologistas del riff raudo y las maquetas en casete que circulaban de mano en mano, esa carátula se asimilaba a la del Black Metal de los sórdidos Venom, que mostraba a un ‘amigable’ macho cabrío coloreado con el mismo binomio acre de palidez y tiniebla. La minimalista portada del EP era fiel a la actitud y el sonido que custodiaba en su cartón, pues la banda heredó aquí la desvergüenza y suciedad de Venom pero con la diferencia de una técnica algo más cuidada que la de los satánicos de Newcastle.
Y ahí estaban cuatro jóvenes y sus armas reglamentarias, Stace “Sheepdog” McLaren al micro, Dave Carlo a la guitarra, al bajo Mike Campagnolo y Mike Embro a las baquetas, cuatro humildes representantes de la escena burra canadiense como lo eran los también speeders Exciter, los forjadores Anvil y los burrísimos Slaughter y Sacrifice. Como Razor, todas esas bandas eran de Ontario, gran cuna, cantera o volcán del sonido pesado, el enclave metálico más septentrional del nuevo continente y territorio que aún tenía que dar a luz a su hijo heroico Annihilator, que por ese año estaba en fase embrionaria esperando grabar una primera demo, cinta que no lanzaría hasta el año siguiente.
Escuchando el contenido de este EP, Razor dejaba bien claro que en el óxido férrico de su sangre hervía ese Speed Metal del paleolítico, el mismo que rugía a escape libre por los circuitos marginales del panorama antes de ser pulida su herrumbre por bandas de años venideros. Posemos el aguijón del escorpión sobre este vinilo, veamos qué les contaba Razor a los melenudos de su tiempo…
”The jaws of the sharpest realm…”
[”Las mandíbulas del más afilado reino…”]
Arañando el primer surco se manifiesta The End, una introducción de dos minutos presentada por el inquietante llanto de un bebé y continuada por un pasaje que se arrastra sigiloso, acecho al que se va uniendo cada miembro progresivamente, instrumento por instrumento, como una manada estratega de predadores que va convergiendo hacia una misma presa (nosotros), bordando a cuerda retenida un tétrico bucle melódico que “M-bro” se encarga de ir empujando golpe a golpe con la ayuda del palpitante bajo de Campagnolo, para ambientar la narración nocturna y alevosa que McLaren desgrana luego en forma de macabras palabras en clave, una especie de profecía u oscura reflexión sobre el mundo.
El llanto de bebé reaparece para cerrar el círculo, y es entonces cuando entra al asalto Killer Instinct, un cañonazo de Heavy Metal nitrado que nos siega con sus riffs y nos contagia su nervioso estribillo, agitado a tuka por el maquinista Embro. Este corte contiene preciosos genes dignos de estudio, pues plasma con su música el punto exacto de transición entre el Heavy y el Speed, sonando este ’Instinto Asesino’ como una especie de Running Wild de Judas Priest recarburado por el Demonio, sin obviar que durante casi toda la obra se presiente la diéresis avizora de Motörhead sobrevolando las composiciones de los canadienses.
Algo menos clasicista se presenta Hot Metal, pero sólo por el riff tan malévolo y turbulento con el que es abastecido de principio, pues a grosso modo y por su también austero pero efectivo estribillo no deja de ser otra bestia parecida, o la segunda cabeza del cancerbero de la entrada, que esta vez parece enseñar más los dientes por cómo es ladrado ese ‘Metal Caliente’ de boca de nuestro Stace en la recta final, defendiendo como ‘perro pastor’ (su alias en la escena) el Metal a su volumen máximo y al rojo vivo, como Satán manda. Razor tenían bien claro lo que hacían y lo que querían, y lo manifestaban hasta en sus letras como sus paisanos Anvil.
La fugacidad general de los trallazos de este sincero trabajo encuentran su gran y única excepción en los 5 minutos de Armed and Dangerous, el tema-título, donde sus creadores no se resisten en desplegar cierta épica, dentro de la áspera naturaleza que los define, para inaugurar ceremonialmente el tema central del trabajo.
Armed and Dangerous va emergiendo a lentos latidos de corazón interpretados por el bombo, hasta que Dave Carlo empieza a coser con armónicos una sucesión de acordes algo melancólica, sentimental para lo que eran Razor, pero no carente ese riff de cierta pátina de tiniebla, de misterio. Desde entonces hasta el final del title-track, las seis cuerdas de Dave Carlo brillarán con luz propia, tanto en ese riff que hará reestablecer la taquicardia del vinilo (las pulsaciones tenían que subir tarde o temprano) como en los radiantes solos que desatará durante la pieza. El estribillo es un zarandeo salvaje, pero con un leve matiz melódico por parte del perro cantor, haciéndolo bastante destacable al lado de los demás ganchos y directos que a modo de chorus endiñaba el aguardentoso vocalista a lo largo del EP.
Es gracioso que mientras el Metal ‘de peluquería’ suavizaba su tono y enseñaba en el videoclip su ‘perfil bueno’ para cantarle al corazón, los de Canadá abrían y entraban en el de sus greñudos con tan sólo una ganzúa oxidada, sin decir “te quiero”, sino “no necesitamos ningún arma, sólo las que suministramos”. Sin baladas ni nada parecido, cuando esta banda quería mostrar algo de sentimiento, con mínimas dosis se bastaban para llegar bien adentro de cualquiera que quisiera entender su manifiesto, enmarañando esa emotividad con el Metal más rudo y la voz más ronca, pero llegando ese sentimiento a salvo a su destino por semejante coraza que lo protegió cual envoltura vírica hasta nuestros días.
Borremos ya la más mínima impronta de sensiblería, pues subiendo más el nivel de calidad y agresión nos encontramos con el holocáustico Take This Torch, para mí el hit supremo de esta banda (hit dentro de su marginalidad intrínseca), una canción en la que el cuarteto se empleó a fondo, subiéndose a la misma locomotora que solía tripular Motörhead pero alimentándola con fuego del mismo averno, hasta hacer invisibles las brazadas de sus bielas.
El cenit de su tralla se va vislumbrando en el pre-chorus, que ansiosamente va incrementando la intensidad con frases atropelladas que aumentan las paladas de carbón a la caldera, hasta que ésta revienta con ese estribillo terrorífico, acentuado hirientemente por esa voz críptida que Stace McLaren era capaz de lanzar como daga oculta, un negro as escondido en su muñequera que ya se iba manifestando a ratos en los anteriores cortes, pero que en este Take This Torch alcanzó por primera vez su máxima expresión y definición, convirtiéndose desde entonces en el sello personal de este front-man. Si se les pudiera juzgar sólo por esta canción en concreto, Razor hubieran podido figurar en la orla académica del Metal Extremo, pudiendo perfectamente pertenecer a la primera promoción y no sólo por mera antigüedad.
El estribillo tan marchoso y pegadizo de Ball and Chain marca otro ejemplo de lo bien que se les daba esa ciencia, donde casi todos sus estribillos irradiaban ese nervio tan festivo y contagioso, pese a semejante caña que carburaba en las guitarras y en la aplastante sección rítmica. Lo mismo pasa en Fast and Loud, que a parte de ser la respuesta canadiense al mítico Ace of Spades (pero más heavy que las verrugas de Lemmy), ellos saben que les ha salido un estribillo de órdago y lo explotan, tanto, que por momentos es cantado casi a capella, como prediciendo desde el estudio su magnetismo en el escenario, diseñando así el hueco que llenara la concurrencia. Buen fin de fiesta, descansen armas.
Rápido pasan los poco más de 20 minutos de este Armed and Dangerous, una obra humilde, sin pretensiones ambiciosas o excesivos artificios, pero con buena música y con la singularidad de haber capturado en su ámbar el germen de un subgénero que rompió muchos cuellos en esa época, siendo uno de los estilos capitales y capitanes de aquel fuego cruzado de géneros que se desató en la sombra de los eighties, cuya munición eran los casetes pintarrajeados, o los vinilos autoproducidos como éste. Razor inclinó su porcentaje de aleación un poco más hacia el Thrash en sucesivos trabajos, a la vez que fue definiendo más esa cepa ‘espídica’ por la que mayormente se le cataloga hoy en día.
Suculenta esta antigua plaga exportada desde Canadá, Speed Metal primitivo de raíz iroquesa, disparado por estos combatientes de las milicias extremistas del riff que a oídos de pocos tronaron, sumidos en la mesosfera del mundo metálico, buceando casi en secreto como aquel monstruo de lago que llamaban Ogopogo, criatura mitológica del mismo folklore canadiense de donde parecían surgir estos demonios de la distorsión. Camaradas, no se resistan a esta reliquia. Ready or not… Take this torch!.
Fuente: Elportaldelmetal








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