Descripción
Habiendo sembrado ya las semillas de grandeza que hasta el día de hoy los convierte en los MÁS ENORMES de TODOS y de TODO, 1970 veía -ante el amanecer de sus otras majestades BLACK SABBATH- como los ZEPPELIN de Page y compañía, así como expandiendo lo que ya de por sí parecía imposible “upgradear”, clavaban su tercera estaca en lo más alto del firmamento, cumplimentando una realidad que concluyentemente rezaba como nada ni nadie, jamás, les iba a poder hacer sombra como intocables y unánimes Monarcas del Rock.
Y es que la cosa está clara: Cuando un disco echa a trotar con uno de los ritmos más contagiosos y apabullantes en toda la historia del género, y encima lo hace también con el que posiblemente es el alarido más inmediatamente reconocible de todos los tiempos, el tema no puede ser más que uno, y es que lógicamente nos hallamos ante la obra de ya no unos genios o unos superdotados superclase, sino bastante antes de la de unos “aliens” chiflados que descendieron al Planeta Tierra, camuflados con melenas y camisas de franela, para firmar el que es uno de los monumentos más atronadoramente escandalosos jamás consagrados a la bendita gloria del Rock’n’Roll. En este sentido, introducir a nadie a un megalodón arrancapelotas como resulta ser ‘Immigrant Song’ es o bien absurdo o ridículo; Absurdo porque todo el mundo sabe que eso es así (y por tanto, es risible advertirlo) y ridículo porque si alguien –por la razón que sea- no lo conociera es como para esconder la cabeza -como hacen los avestruces- y rezar para que nadie se entere en la vida; Aunque le pondremos remedio si el caso fuera ese ¿no es cierto? Pues claro.
Con todo ello, y muy a pesar de empezar con la sofocantemente agitada ‘Immigrant Song’, este aplastante ‘III’ es un disco que en cierto modo (por no decir que de manera drástica) rompe con su más inmediato pasado, ya que en gran parte (particularmente en su segunda mitad) olfatea, escarba y desentierra denodadamente en las raíces más tradicionales de la música folk británica como innegablemente revelan maravillas como ‘Gallows Pole’ (sobresaliente de cabo a rabo), ‘Bron-Y-Aur Stomp’, ‘Friends’ (y sus aires lisérgicos, muy en la línea de la portada), ‘That’s the Way’ o la disonante ‘Hats Off to (Roy) Harper’.
Sin embargo, es definitivamente la sobrecogedora ‘Tangerine’ la que inexorablemente se lleva el galardón como mejor corte del álbum, ya que incluyéndose en parte junto al pack anteriormente citado (sin olvidar, obviamente, a la cita obligada con el Blues, ‘Since I’ve Been Loving You’), es deudora también de ese sonido 100% ZEP que absolutamente ningún otro ser humano podría imitar. El solo de Page en la segunda mitad (y la canción entera, vaya) es simplemente de otra galaxia, pero ya no tan solo por la indescriptible calidad que atesora, sino porque además exuda un sentimiento, un aura sobrenatural y una pasión totalmente impensables en ningún otro ser viviente que no sea el míster.
Inevitable: En todos los órdenes de la vida debe existir alguien que sea el mejor, y Page en lo suyo ya no es que sea imposible de rozar, sino siquiera de oler a un kilómetro, salvo por el otro pajarraco al que ya todos conocemos (Entre “Jimmys” anda el juego…). ¿Y qué decir de Jones? Madre mía… tanto Page como Plant siempre han sido contemplados como las caras bonitas de la banda, pero lo de John-Paul Jones es que no tiene nombre.
No se resume todo en esa nueva dirección acústica y “folksy” a la que recién hacíamos referencia, sino que ‘III’ proyecta igualmente súbitos azotes de órdago de esos que bien pudieran haber sido embutidos en el ‘II’ sin el más mínimo escozor, y en esa onda ‘Celebration Day’ (ojo a las demenciales líneas de bajo de Jones) es un vívido ejemplo que nadie con dos dedos de frente osaría rebatir; Ahora bien, irremediablemente ‘Out On the Tiles’ es la que más de cerca sigue tanto a ‘Tangerine’ como a ‘Immigrant Song’ en la desesperada carrera por la corona de “pepo de pepos” del disco, constituyendo en sí misma un furioso y despiadado rocker imposible de obviar cuando uno se interpela sobre cuáles son los temas más atronadores jamás compuestos por los ZEP.
No obstante, el corte posee un defecto insalvable que a menudo me impide disfrutar plenamente del mismo, y ese no es otro que la insultante “incompetencia” y el “patoso estilo” de Bonham al ejecutar su instrumento o siquiera seguir el ritmo de las canciones. Esto debe tenerlo todo el mundo muy claro: John Bonham nunca supo tocar la batería ¿Lo entendéis? Si alguien, alguna vez, os viene con el cuento de que fue EL MEJOR DE TODOS LOS TIEMPOS no le creáis porque os están vendiendo la moto. ‘Out on the Tiles’ es firme prueba de ello (así como cualquier otro tema de cualquiera de sus discos) y si no entendéis lo que os digo, atended bien a las dinámicas tope de “simples” y “poco vitales” con las que el hombre redimensiona el trabajo de sus otros tres compañeros. Su estilo es zafio, burdo y desprovisto de cualquier atisbo de sentimiento, y esto es algo que sobre todo uno contrasta cuando lo ve operar en imágenes.
Innegablemente, la obra completa de los ingleses encarna al legado más salvaje y descomunal jamás dejado por ninguna otra banda de Rock al género (si alguien cuestiona eso es que se escurrió entre las manos del médico cuando vino al mundo), pero todo él no es absolutamente nada en comparación al acierto que Page, Plant y Jones tuvieron cuando adoptaron la radical determinación de no seguir adelante ni un solo centímetro más sin el concurso del “incapacitado” percusionista. Sin Bonham no existe LED ZEPPELIN, y eso está escrito en el libro sagrado.
A la vuelta de la esquina estaba el ya de “ciencia ficción” ‘IV’ y a la próxima un extraterrestre ‘Houses of the Holy’ (mi trabajo predilecto de la formación) que terminaba por conformar un repóker de la muerte absolutamente incomparable con nada más sobre la faz de la tierra. Cualquier otra consideración sobra. El tercer volumen de LED ZEPPELIN se lleva un 10.00 como un Sol de grande; El 11.00 queda sólo reservado para ‘Houses’.
Fuente: Elportaldelmetal








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